Hablar de intoxicaciones a bordo, puede resultar una lección más curiosa que aburrida si recordamos para ello la hazaña épica y dramática de la expedición del contraalmirante sir John Franklin y los 129 hombres que le acompañaron en ella. Estamos en 1845.
La búsqueda de nuevas rutas navegables por las heladas aguas del Paso del Noroeste, fue un reto para la navegación durante más de 500 años, en los que bloques de hielo gigantescos, la climatología, falta de víveres..., hicieron
infructuoso el descubrimiento de un paso que uniera el Atlántico con el Pacífico por el Norte. Se trataba de una búsqueda geoestratégica, además de expedicionaria.
Así las cosas, cuando en mayo de 1845 el Erebus y el Terror buques de tres palos, robustos, con cascos forrados de planchas de cobre y compartimentos estancos que fueron probados en el Antártico, partieron de Londres hacia el norte. Las autoridades, toda Inglaterra, estaban convencidas de que ésa sería la expedición definitiva. Se esperaba que el viaje de Franklin desde la costa este de América hasta salir victorioso por el estrecho de Bering no duraría más de un año, pero, por si acaso, se cargaron conservas para tres. Las 8000 latas de comida necesarias hechas en el último momento se elaboraron de "forma burda y descuidada". Las latas estaban soldadas con plomo*.
Por lo demás todo salió mal. Pasó a la historia como la expedición fantasma; durante 150 años nada se supo de lo que les sucedió. No sobrevivió ninguno. ¿Por qué murieron?